
Viendo el último episodio de la trilogía Millenium, pensé en El profeta de Jacques Audiard. Pensé en Malik El Djebena y pensé en Lisbeth Salander, pensé que eran parecidos. Malik y Lisbeth son dos seres periféricos de la sociedad, apartados, recluidos. Malik fue a la cárcel, Lisbeth a un siquiátrico. Ninguno de los dos son locos peligrosos o sicópatas asesinos. Son más bien seres indefensos a los que se les aplasta una y otra vez, seres que son anulados, que son mantenidos en el vacío absoluto: no son nada, son juguetes rotos, son cosas. Lo que no sabe el agresor, es que la cosa que ellos pretenden anular, en realidad se vuelve agresiva cuando su vida está amenazada. La cosa, rota, mínima, echada a un lado, acumula oscuridad y crece, y devuelve lo mismo que se le enseñó. Malik y Lisbeth se transforman en entes cerebrales y silenciosos, que mantienen su aspecto débil, inocente. Han descubierto que en el mundo de los que gritan, sobrevivir en cuestión de silencios. De hecho, más allá de todo el tema de género, de violencia hacia la mujer y todo aquel asunto absolutamente importante y serio, lo que me impresiona de estos filmes es la capacidad de ambos personajes para, con el uso supremo de la inteligencia y de las mismas armas del poder, lograr su cometido, que es precisamente, derrotar a los que detentan el dominio del mundo. De Las 48 leyes del poder de Robert Greene, extraigo tres elementos utilizados magistralmente por Lisbeth Salander, personaje al que me limitaré en este texto.
La ley número 4 del libro de Greene, nos dice: «Diga siempre menos de lo necesario». En The Girl Who Kicked The Hornet´s Nest (Luftslottet Som Sprängdes, 2009), Libesth Salander habla lo estrictamente requerido, y a veces menos. Cuando el fiscal la interroga, ella no responde, de hecho, casi como si se tratara de un proceso kafkiano, se le acusa de silencio. Pero Lisbeth Salander sólo espera para responder en el momento adecuado, obedeciendo así a la ley del poder, que es a su vez, como ya dije, una ley de supervivencia. Dice Greene en el criterio de la ley 4, que es como una especie de resumen: «Tenga en cuenta que cuanto más diga tanto más vulnerable será y tanto menor control de la situación tendrá.» Salander, una vez más, parece saber esto, y por ello guarda un silencio prudente, que sólo le dura hasta la hora en que realmente se necesitan sus palabras. Por supuesto, Lisbeth Salander esconde sus intenciones, mientras todos obran en su contra, ella trabaja bajo tierra. Oculta sus intenciones, que es la tercera ley del Greene. Pero además espía, espía a sus enemigos, y lo hace a través de la tecnología, de sus amigos hackers. Tal como lo plantea Sun Tzu, Maquiavelo y el mismo Greene en la ley 14: «Muéstrese como un amigo pero actúe como un espía.» Lisbeth Salander, en el proceso del juicio en su contra, no actúa precisamente como afabilidad, pero sí vigila a sus enemigos a fondo. Dice Greene: «Es de fundamental importancia saberlo todo sobre su rival. Utilice espías para reunir información valiosa que le permita mantener siempre una ventaja sobre él.» Nuestra heroína, por supuesto, lo hace. Gracias a sus conocimientos de la red, llega a las más profundas suciedades de sus enemigos, de aquellos que pretenden volver a encerrarla para siempre una clínica siquiátrica. Pero Lisbeth Salander además hace algo maravilloso: utiliza a la perfección el rol que se le ha indilgado: el de loca, el de tonta. La ley número 21 de Greene especifica: «Finja candidez para atrapar a los cándidos: muéstrese más tonto que su víctima.» Y sigo citando a Greene para que quede aún más claro: «El truco consiste en hacer sentir sagaces e inteligentes a sus víctimas y, sobre todo, más sagaces e inteligentes que usted. Una vez que las haya convencido de esto, nunca sospecharán que usted tiene motivaciones ocultas contra ellos.» Eso es lo que hace Lisbeth Salander, se mantiene en el cuadro que le han pintado, se mantiene ese ser extraño que pareciera no pensar mucho, no entender el mundo, que pareciera no llevar mucho por dentro. Esta manera de ser de Lisbeth Salander la conocemos desde los primeros filmes, pero en este último, toma mayor importancia, pues en esta entrega final está en juego su libertad e incluso su vida.
Para resumir, The Girl Who Kicked The Hornet´s Nest resulta, visto de esta manera, una demostración de estrategias y tácticas de las luchas de los poderes. A Lisbeth Salander la aplastó, la anuló, la dañó para siempre el mismo Estado y sus negocios sucios, el Estado y sus intereses, su poder. Ella, por su parte, entiende que para sobrevivir debe usar armas parecidas, no las mismas, no tan bajas, pero sí similares, sacadas de la misma entraña del monstruo, allí donde se mueve la oscuridad del poder.
The Girl Who Kicked The Hornet´s Nest, última entrega de la serie Millenium de Steig Larsson, este domingo 5 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.
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