Investigación de un ciudadano libre de sospecha, o el fin del hombre y otros asuntos de la máquina
Publicado 7/26/2010 11:00:00 AM - Max

En el prefacio de Las palabras y las cosas, Michel Foucault dice que el hombre es una invención reciente, «un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una forma nueva». Hablaba Foucault aquí quizás del hombre como figura epistémica, instaurada en la razón, el poder y el deseo. Una figura dominada por las concepciones del sicoanálisis y por sus representaciones delimitadoras. El hombre es lo que es dentro del conjunto de conocimientos que nos ha dado nuestro tiempo. Más allá de eso, la representación no existe. El inconsciente, apenas esquematizado y reducido, es una tierra baldía. Allí, en esa frontera, es donde ve Foucault el fin de hombre. Esther Díaz nos dice en La filosofía de Michel Foucault: «Bastaría con que se ahondara en el inconsciente y que se abandonara la representación para que el hombre desapareciera como desaparece, al borde del mar, un rostro de arena.» Bastaría sí que el hombre dejara de ser una máquina formada de conexiones que nos preestablecen en el trabajo, en el ocio, en los sentimientos, en las relaciones, para que surja otra cosa, no sabemos qué y que quizás deje de llamarse hombre. Cuando pensamos en Buda o en Cristo o en los caminos de Jung y de Nietszche (quien por cierto, en La voluntad de poder condena a la psicología y enumera sus crímenes en el apartado 294), cuando pensamos también en los asesinos en serie, y en la locura en general, avistamos esas otras posibilidades futuras. O eso por lo menos creo yo. Ya sabemos, meterse con Foucault es meterse en honduras. No obstante, el aclamado film de Elio Petri Investigación de un ciudadano libre de sospecha, me lleva a pensar en este hombre que ya no es hombre, en este hombre que desconocemos, que la razón de nuestro tiempo no puede explicar. El inspector de la policía, ese hombre poderoso interpretado por Gian Maria Volanté, comete un crimen, asesina sin razón aparente a su amante Augusta (Florinda Bolkan), con quien mantenía unos juegos sexuales extremos, muy guiados por el sometimiento del poder. A partir de la muerte de la mujer, el inspector de policía, ya se dijo, un hombre poderoso, prestigioso, moralmente intachable, comienza un nuevo juego: pareciera querer demostrar que, gracias a su posición privilegiada, no va a ser descubierto. Petri quizás quiera decirnos que las conexiones de la máquina social son demasiado fuertes, están demasiado estructuradas y son en extremo encubridoras como para enjuiciar y castigar a sus miembros más empoderados. Para Petri la máquina social se ha corrompido, y es tan monstruosa en su aparataje que dentro de ella no tiene cabida una anomalía. Para la máquina social y moral, un representante del poder y de la razón no debe ni puede salir del conjunto de reglas antropológicas que lo sustentan, y si tal cosa ocurriera, la máquina acudiría la corrupción de los sentidos para ignorarlo. Es decir, no escucharía, no vería, no «olería nada», ni mucho menos «hablaría» (entiéndase acusaría, enjuiciaría y sentenciaría). El inspector asesina, sin razón aparente, ya se dijo, y también comienza a dejar pistas, no sabemos si para acrecentar su sensación de poder, de impunidad dentro de la máquina, o para reclamar su castigo desde el silencio de las huellas que va dejando. El inspector, al contrario que los personajes de Kafka, sí ha cometido un crimen, y busca el castigo en el mutismo, en la serenidad de sus actos. El inspector, desde uno u otro punto de vista, es un ser que se sale de la epistemología de su tiempo. Pero una vez más, él no pareciera ser el culpable absoluto de su falta, sino la misma maquinaria, el cómplice que ignora su crimen, y además lo premia. Petri, hombre de izquierdas, nos está diciendo por supuesto que la maquinaria (capitalista) está sobreestimada, corrupta y pervertida, y debe desaparecer para instaurar una sociedad diferente, con otro tipo de conexiones (otra máquina al fin y al cabo), donde surja un hombre nuevo, libre de toda malformación del pasado, sin corrupción, sin voluntad extrema de poder, sin deseos egoístas. Sin embargo, el director está haciendo arte, y se cuida de lo panfletario. De allí que la imagen de su inspector pueda alcanzar otras alturas, más allá de las políticas. El inspector de Petri es así también una muestra de ese ser extraño que surge como falla del sistema, pero que, sobre todo, al librarse de las conexiones, de las razones que lo conforman, demuestra que el hombre es más que el hombre, y que hay algo dentro de él, dañado por el exterior o puro en su grandeza, que entra en los parámetros de la máquina. Así, al salirse, delata la corrupción de la máquina, desde adentro, mostrando lo dañado que está, y hacia fuera, desnudando y desmontando los mecanismos que sustentan el poder. El inspector de Petri huye, maravillosamente, de sus intenciones originarias, va más allá gracias a la inteligencia y el talento del director, y nos abre un campo de interpretaciones nuevas y fascinantes.
Investigación de un ciudadano libre de sospecha ganó el Gran Premio del Jurado y el FIPRESCI en Cannes en 1970 y el Oscar a Mejor Película Extranjera en 1971.
Te invito a verla, el miércoles 28 de julio, en Max, el nuevo canal.
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