El western como género fundador

Publicado 6/21/2010 10:34:00 PM - Max

 

           

          La nación americana siempre ha tenido necesidad de llenar sus espacios. De meter algo allí en toda esa inmensidad. Demasiado vacío y poca historia los impulsa a ser pobladores indiscriminados de sus propios lugares. Los griegos miran para atrás, y tienen a Ulises. Su pasado tiene, además, prestigio. Esa es su épica, y la épica siempre es necesaria. La épica te da nacionalidad y alma; te da orgullo. La nación americana, en su carencia, busca ese orgullo en la ficción del cine. Es una de sus vías. Lo que no tienen de historia, lo han ido imaginando en las mecánicas del séptimo arte. No es de extrañar que en los orígenes del cine americano, el western estuviera allí de primero. El western es esa épica inventada, o magnificada si se quiere, con que los americanos han construido su alma. No sin razón una de las películas fundadoras de su cultura cinematográfica es El robo al tren, de 1903.

 

Si consideramos que la famosa función en París donde los hermanos Lumiére introdujeron el cine al público tuvo lugar en 1895, tenemos entonces que el cine americano instaura sus mitos a través del film de Edwin S. Porter apenas ocho después. Por cierto, en aquella primera presentación de los Lumiére aparecía un tren que causó estragos entre los espectadores, quienes, de tan real que les pareció lo filmado, creyeron que el armatoste se los llevaría por delante. En el film de Porter, la máquina de vapor también es, por supuesto, protagonista (un tren es lo robado). Si bien la casualidad trabaja sus caminos, no podemos negar que funcionan allí los significados en profunda concordancia. El tren es un elemento civilizador, el Ulises de la era industrial que atraviesa, que debe atravesar una y otra vez, tierras inexploradas donde el hombre apenas ha estado, para así instaurar civilización. El tren es una linterna que aparta oscuridades y que ilumina mundos, conquistas del hombre, lugares donde vivir y donde ya no deberían habitar el caos y el mal. No obstante, la línea que traza el tren es una sola. Bala veloz, la máquina atraviesa bosques y desiertos sin detenerse y sin mirar a los lados. Esas vastedades que los franquean aguardan la expansión de la mirada del hombre con el fin de dejarse vencer ya definitivamente. Así, mientras el dominio no se dé en los 360 grados, seguirán moviéndose en la sombra los demonios. De allí que el tren será detenido y asaltado. De allí que las lejanas tierras, donde apenas el hombre comienza a instaurar aldeas del alma, todavía se encuentren amenazadas. Pero lejos del pensamiento sagrado, lejos por fin de la creencia animista del mundo, el demonio ya no es una cosa desconocida. El demonio es el hombre. Y acá el hombre va contra el hombre mismo. Hablamos del forajido contra el representante de la ley. Allí donde el pecado de la masacre del indio debe ocultarse, surge la sombra monstruosa de la igualdad. El mal no radica en el Otro, no en el que tiene color piel distinto, sino en el Mismo, en el hombre blanco poseído por los demonios de la ambición y del egoísmo. En esas tierras inhóspitas, la batalla entre el bien y el mal continúa, pero transformada en las representaciones del nuevo tiempo fílmico y de la nueva política de las correcciones. El sheriff, el marshal, es el ahora el héroe, el hombre bueno, el hombre justo, el prototipo de todos los hombres de la acción que se funda. Así, los espacios vacíos, esa inmensidad de la tierra americana se llena de historias de vaqueros que no necesitan saber de sutilezas, porque las sutilezas no sobreviven en los orígenes. Para fundar hay que arrasar, para fundar hay que pisar fuerte. La suavidades quedarán para los herederos. Mientras tanto, América y su cine se han de llenar de western, que no solamente entretiene audiencias, sino que, precisamente, al entretenerlas, también se constituye en una máquina que continúa fundando más allá incluso de la historia oficial, y para convertirse, a la postre, en la verdadera historia oficial de América.

 

John Wayne, la máxima representación del cine fundador, pareciera ocupar así el mismo lugar de Washington o de Lincoln. Wayne es un héroe, un símbolo de la realidad que dejó de ser ficticia para convertirse en una de las estructuras fundamentales del alma: el mito. John Wayne es el americano que debe ser y que todos deben ser dentro de ese espacio inmenso de América que se llena con historias formadoras. Wayne nació en Iowa, y quien conoce a Iowa, comprende. Allí el espacio es inacabable, allí te ataca el horror al grandor. Es como si todo ese espacio te fuese a chupar el alma. La única manera de evitar tal succión, es cortando la infinitud. Cortar es ocupar. Los trozos ocupan el espacio.

 

John Wayne proviene de allí, de ese lugar grande, y por ello entiende esa necesidad de llenar con mitos, con historias, con alma correcta el país inabarcable. John Wayne sabe dónde están los monstruos y también sabe cómo ser duro ante ellos, ante esos forajidos que no dejan que una nación se forme, que una nación tenga alma.

 

Cahill, U.S. Marshal (1973), protagonizada por John Wayne, el martes 22 de junio en Max.

 

 




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