
Todo comienza con el ojo. La mirada siempre está allí, uno de los principales testimonios de la realidad. Hoy en día una guerra se ve en vivo y directo. Igual un terremoto, un maremoto, casi en vivo en directo. Viajamos hacia la imagen, viajamos en las imágenes. Somos ojos y totalizamos con los ojos. Pero resulta que la imagen es también una estructura convencional. Tiene reglas, y depende de un contexto, de un sintagma, de otras imágenes para completar sus sentidos, para hacerse más o menos clara. La imagen, como la palabra, es un signo. Y los signos son una atalaya inestable que depende de otros signos. La imagen, así entendido, puede por supuesto ser arte. Un engaño consensuado, donde, con el fin de disfrutarlo, se suspende por unos momentos la incredulidad. Así decía Coleridge. ¿Pero qué pasa cuando ese signo no se reconoce, desde su receptor, ni se advierte, desde su emisor, como arte sino forma de la realidad? La ilusión consciente del arte se pierde, y ya no tenemos ni siquiera arte, ni tampoco conciencia o acuerdos o pactos, y surge entonces el engaño que no disfruta la belleza, sino más bien un engaño perturbador. Esa mentira absoluta, trae por lo general, el triunfo del emisor sobre el receptor. Pero más que el triunfo, el control, la posesión de la mente del otro. La mentira es unidireccional, es un martillo, una granada, una metralla. La mentira no quiere una respuesta de vuelta, la mentira mata cuerpos y espíritus. Quien produce el engaño del arte, pretende transmitir una especie de verdad a través de la belleza. Su verdad interior, la verdad de su mundo, su comprensión de la realidad. Pretende compartir sus verdades, no imponerlas. Pretende la confrontación de las verdades del otro. Quien produce una mentira, sabe que miente y que transmite mentiras. O quizás sí, quizás sí piense que está transmitiendo sus verdades. Pero para él, esas verdades son las únicas verdades, y no pretende compartirlas con nadie, sino imponerlas. Controlar con la mentira es el fin principal, hacer daño.
A Film Unfinished (2010) de Yael Hersonski habla de las perversiones de la mentira. De cómo incluso, una mentira que nunca llegó a ser totalmente montada, terminó causando mucho daño. Se trata de un documental sobre un film incompleto que los nazis produjeran para mostrar su visión de lo que eran los judíos en el guetto de Varsovia. Los rollos del film incompleto fueron encontrados luego de la guerra, y mostraban dos caras de la vida de los judíos: por un lado, la extrema pobreza de algunos, y por otro, el bienestar impasible de los más afortunados. La idea queda clara: «Mira, esta gente judía es una mierda, mientras unos sufren, los otros, de su propia sangre, la pasan muy bien». Durante años, este fue un argumento para cualquier desmán, para cualquier justificación traída por los pelos. Hasta que apareció un rollo extra: el rollo que demostraba que todo había sido un montaje, una coreografía de los nazi, una mentira presentada desde el silencio absoluto de los años como una gran verdad. Allí, en su material bruto, la mentira jugó con el ojo durante muchos años. Hersonski toma este nuevo rollo revelador, lo confronta con los anteriores, trabaja con testimonios de los sobrevivientes, incluso con lo de uno de los camarógrafos, y saca la verdad a la luz. ¿Que no todo el mundo es santo en este mundo? ¿Que de seguro uno que otro traidor y desalmado debió de haber habido entre las víctimas? Pues no vamos a ponerlo en duda. De todo hay. Pero una cosa es pensar en esas posibilidades, otra, la prueba de ello, y otra, pensar que la gran mayoría se mantuvo indiferente al dolor de sus compañeros.
A Film Unfinished, este jueves 7 de abril. Descubre Max.
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