Año bisiesto, o el experimento de las pulsiones que somos

por max 27. febrero 2012 04:57

 

A ver, metamos a dos personas en un apartamento pequeño, vamos a encerrarlos allí yç a ponerlos a explorar su intimidad. A esto le agregaremos una cámara de cine, una cámra principalmente fija, apacible, que no se inmute, que no enjuicie, que no haga más que ver. Eso sí, estas dos personas deben ser lo más reales posibles. Es decir, nada de Brad Pitt ni Angelina Jolie. Gente común y corriente, gente que no está frente a la cámara para mostrar la belleza de sus cuerpos, su perfección, su arte amatorio. Acá lo que importa es que nos sintamos cercanos a la realidad. Ella, la muchacha, no será atractiva, ni siquiera muy conocida. Con él será lo mismo. Las escenas de sexo, muy explícitas (aquellos demasiados sensibles a este tipo de imágenes, que mejor no se acerque). Porque además habrá sadomasoquismo, porque iremos lejos. ¿Y por qué? Porque dentro de nosotros laten deseos profundos, infinitos: dentro de nosotros late la necesidad del placer y la necesidad de la muerte, ese lugar, la muerte, donde todo sufrimiento acaba. Morir, si lo miramos desde el punto de vista de Freud, es un placer, el más grande placer, porque todas esas necesidades, todos estos deseos de satisfacernos están reprimidos, controlados por la cultura. Eso implica que la sociedad predomina sobre la libertad. Ya lo sabemos, desde Rousseau se habla del contrato social. Ese contrato social, necesariamente, nos coarta. No podemos dar rienda suelta a todos nuestros deseos. Nuestro cuerpo debe ser controlado. Así, nuestros dos personajes, allí encerrados, cruzarán las fronteras, irán más allá de lo que el contrato estipula, y empezarán a descubrirse. Sí, de algún modo estamos recordando El último tango en París (1972) de Bertolucci, pero en vez de Brando, en vez de Schneider, tendremos a Mónica del Carmen y a Gustavo Sánchez Parra, y en lugar de Bertolucci estará el canadiense nacionalizado mexicano Michael Lowe. Aunque hay semejanzas, no obstante, Lowe centra su atención en Laura (Mónica del Carmen), en el silencio de esta muchacha de 25 años, periodista, original de Oaxaca y que se ha ido a vivir totalmente sola a Ciudad de México. Presenciamos así el rostro de la soledad, de la incomunicación, del encierro. El rostro que huye de sus máscaras y en ocasiones va y busca encuentros causales, de una noche. Pero aún así, ella sigue adormecida, y lo estará hasta que encuentre a Arturo (Gustavo Sánchez). Él, en sus gestos, en su profunda melancolía la despertará, y la hará empezar a hurgar en su pasado, en su historia (relacionada con la fecha 29 de febrero), en sus culpas y dolores, pero sobre todo, en su más profundas pulsiones, allí, donde somos bestias, donde somos tristezas de muerte, donde somos placer puro. Listo, el experimento comienza.

Esto es Año Bisiesto (2010), de Michael Lowe, disfrútalo, ni más ni menos que este miércoles 29 de febrero. Reimagina, reinventa… Descubre Max.

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Marathon Boy, una carrera entre los sueños y la pesadilla

por max 24. febrero 2012 09:42

 

Cuando el padre de Budhia murió, su madre no supo qué hacer con él. Budhia tenía apenas tres años. Ella, una mujer de los más bajos estratos de la India, terminó por hacer lo que muchas madres en la miseria hacen: vendió a Budhia por 800 rupias, lo que equivale a unos 20 dólares. El futuro de uno niño vendido no es el más óptimo. Antes que una película de Bollywood, el destino de uno de estos chicos va por los mismos caminos que mostrara Danny Boyle en Slumdog Millionaire (2008). Por fortuna, o eso parece en un primer momento, Biranchi Das, un entrenador de judo y secretario de la asociación local de judo, se fijó en el muchacho. O no precisamente en el muchacho, sino en la capacidad de correr que tenía aquel muchacho. Sí, era buen corredor, y Biranchi se hizo el propósito de entrenarlo. Al final, se lo terminó comprando al otro hombre por las mismas 800 rupias, y Budhia empezó a entrenar, a comer mejor, a vivir mejor. Podríamos decir que el niño tuvo la suerte de hacerse con una nueva vida gracias a su capacidad para correr. Pero aquello que parecía una película con final feliz, terminó complicándose. Las acusaciones empezaron a ir y venir. Sobre todo después de que Budhia ganara un maratón y se hiciera figura pública y apareciera en todas las televisoras y en todos los periódicos del mundo. El niño maratón sí, es magnífico, ¿pero no estarán abusando de él? ¿El tal Biranchi Das no lo estará esclavizando? Del sueño, Badhia saltó a la pesadilla.

Marathon Boy (2010), el documental producido por HBO y dirigido por Gemma Atwal, recoge la controversia, el escándalo de una historia real con ribetes de Charles Dickens, llena de envidia, corrupción, oportunismo, avaricia, intriga política y estrictas leyes y prejuicios casta. Cinco años le tomó a Gema Atwal registrar y armar este documental entre Bollywood y los cuentos de hadas, cinco años de adultos intentando beneficiarse de un niño y cinco años de un niño luchando por salir con bien del torbellino. El documental no se pone de parte de nadie, no muestra buenos ni malos, pero deja, como todo buen documental, como toda obra de arte, muchas preguntas.

Marathon Boy, este domingo 26 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Nacidas para sufrir, o la comedia de la soledad

por max 23. febrero 2012 13:17

 

¿Qué tan valiente puede ser uno con la soledad? Hay quienes dicen que aguantan, hay quienes creen que pueden. Quizás sí, quizás algunos tengo esa fuerza. No obstante, el film Nacidas para sufrir (2009), de Miguel Albaladejo, es una comedia que gira en torno a las angustias, las resistencias y las luchas que nacen del posible enfrentamiento con los espacios inmensos de la soledad. Flora (Petra Martínez) descubre de la noche a la mañana que ha vivido toda su vida la vida de otros, cuidándolos, educándolos, preparándolos para el futuro. Ha sido una abnegada, o una resignada, que en sus pequeñas provincias de la existencia se sacrificó como lo hacían muchas mujeres de antaño —y todavía hoy— por los demás. El ideal cristiano (la figura de la joven monja no está de más) allí de fondo, el amor al prójimo que hará feliz a la humanidad entera. Ha sido buena, se ha esforzado por ser buena y por hacer el bien, lo que en ocasiones, eso de ser bueno, se convierte en competencia entre mujeres. Ser buenas y sufrir, sufrir y ser buenas. Siempre y para siempre.

Sin embargo, cuando ya se encuentra libre de los penosos cuidados, cuando ya sus sobrinas huérfanas han crecido y se han ido, Flora se da cuenta que lo que le viene es una andanada de soledad. Con setenta y dos años encima, está cerca de caer en la vía fácil (para los familiares) del geriátrico. ¿La solución para no caer en el olvido? Casarse con Purita (Adriana Ozores), una joven sumisa que la acompañó siempre en sus labores. Así de sencillo, así de descabellado. Aunque pudiera parecernos en ciertos momentos que la excusa no resulta tan excusa, y que la señora abnegada y buena en el fondo es más bien una tirana que encuentra a su esclava.

Miguel Albaladejo logra, dentro de los esquemas del costumbrismo y la comedia, traer a lo rural asuntos contemporáneos e incluso universales. Porque la provincia, el lugar campesino no está aislado del mundo, y lo que se nos antoja propio de la ciudad, también en estos predios se vive, quizás con más escándalo y entre chismorreos de señoras, pero allí está. La soledad, ese tema tan citadino, el matrimonio entre parejas del mismo sexo, las uniones amorosas en donde la edad es abismal, todo eso está allí, en un trabajo coral conformado de mujeres, de mujeres buenas, caritativas, no sé al borde de un ataque de nervios (es inevitable recordar a Almodóvar), pero sí de la soledad, de un miedo a la soledad que se antoja divertido en su manera de presentarlo. No obstante, detrás de todo, entendemos que la comedia es una puerta a la crítica social, aprendizaje que obtuvo el cineasta directamente de su maestro Luis García Berlanga, con quien trabajó en Todos a la cárcel.

Comedia negra y ternura en un film que logra equilibrar la situación con el drama para aportarnos frescura, reflexión y gratos momentos. Nacidas para sufrir, lo mejor del cine español, este sábado 25 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Amarcord, o Fellini a lo Proust

por max 22. febrero 2012 09:50

 

Dice Guillermo Cabrera Infante que Fellini «fue vago de afición, caricaturista de profesión y corrector de pruebas.» Y es cierto, sólo los vagos saben ser artistas (cuando son genios, porque vago hay mucho que artista se cree), y sólo los caricaturistas saben que una caricatura es el rostro de la verdad en unos cuantos trazos sangrientos, satíricos y descarnados. La caricatura es un rostro acuchillado hasta la esencia. Fellini sabía de tales asuntos, sabía convertir el costumbrismo, ese típico costumbrismo de cierto tipo de cine italiano, en farsa, ironía, sátira y esperpento. Eso es Amarcord (1973), un viaje al pasado con cierto toque de costumbrismo irreal, porque, no debe olvidarse, es un viaje al recuerdo de la infancia de Fellini, y si pasa por el matiz de Fellini, pues tiene que ser irreal, satírico, hermoso, felliniano.

El film tiene lugar en una ciudad ficticia, Borgo, que en realidad es reminiscencia de Rímini en la costa Adriática, ciudad natal del director. Aa m'arcòrd es "yo me acuerdo" en el dialecto propio de Emilia-Romaña. Yo me acuerdo, sí, de aquellos tiempos, me acuerdo de mi infancia, de lo grande y lo raro que era el mundo. Un vago vive recordando, un caricaturista recuerda esencias, un artista hace cine y obras maestras que nos hablan de la sociedad, que critican los regímenes tiránicos (el fascismo de los treinta y de cualquier otro tiempo), la iglesia, la tontería social, los presumidos. Pero, ya se dijo, toda esta visión mordaz del mundo, realista por así decirlo, no deja de estar cargada de poesía, de imágenes poderosas, como la de la nevada en la ciudad costera o la de trasatlántico llegando en la madrugada. Por otro lado, el abuelo perdido en la niebla, que cree haber muerto, o el tío loco que se monta en los árboles para gritar a toda voz que quiere una mujer, son momentos que en todo caso no necesitan del surrealismo, pero sí del tamiz de la imaginación y de la mirada poética y particular del gran director que fue Fellini. Entre los elementos típicamente felliniano, el sexo toma su lugar en la cinta. Tetas, piernas, cigarrillos, mujeres calientes, prostitutas a punto de explotar en su grotesca delicia, todo eso lo tenemos. Está también presente, como marca de autor, la figura del alter ego, que esta vez no es Marcello Mastroianni, sino un joven Titta (Bruno Zanin) que va narrando la historia y sus pensamientos, así como también lo hacen otros personajes, dándole un paródico tono turístico a todo lo que vamos viendo. En Amarcord encuentramos todo lo que de Fellini usted puede adorar y desear, todo aquello que siempre ha convertido a Fellini en un autor; en este caso, el cineasta en su infancia, en su adolescencia, en su pasado mágico y al mismo tiempo real. Guillermo Cabrera Infante también dice que Amarcord es Proust a la italiana, y de eso no nos cabe duda.

Amarcord fue premiada con el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Disfrútala el jueves 23 de febrero, como el último film del ciclo Oscar sin fronteras. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

Goethe, o la lucha entre la razón y la pasión

por max 17. febrero 2012 05:41

 

El pensamiento de la modernidad surge como reacción a la imposición del pensamiento único religioso, del poderío de la Iglesia Católica y la superstición venidos de la Edad Media. La modernidad abogaba por la razón como bandera indispensable para los nuevos tiempos, nave veloz que llevaría al hombre a un futuro mejor, que lo haría libre. La revolución industrial, el pensamiento de la Ilustración, influido en gran parte por Descartes, la vuelta al mundo clásico, su escrutinio en búsqueda de sabiduría, toda aquella firme creencia en la observación, el estudio y la utilización pura de la mente en asuntos estrictamente matemáticos y científicos, tomaron por completo el visor del mundo. Es decir, todo pensamiento superior, todo hombre o grupo de hombres que tenía el poder de influir en la sociedad empezaron a ver la realidad sólo desde esa única perspectiva y nada más. Como suele ocurrir en el acontecer de las ideas del hombre, todo se exagera, todo se toma demasiado a pecho, y todo termina siendo una forma de radicalismo. Aquello que al principio fue bueno, y además reacción a una tiranía, termina convirtiéndose en tiranía misma que no admite otra perspectivas. A finales del siglo XVIII surge en Alemania y en el Reino Unido un movimiento que será una reacción al pensamiento de la modernidad, y que es conocido como el Romanticismo. Así, este movimiento, tanto cultural como político, se convierte en crítica, en torbellino revolucionario, que alza al yo como entidad autónoma por encima de los estereotipos y las reglas universales clasicistas (de la época clásica, como se le conoce también al siglo XVIII). El romanticismo antepone el sentimiento y la aventura de la imaginación, y piensa en el poeta como un demiurgo, como un explorador de mundos diferentes y exóticos que están más allá de las fronteras, o en lo folclórico olvidado. El romántico busca la originalidad, lo nuevo, lo único; es un héroe rebelde cargado de sensaciones. Frente a la razón, el romántico opone los sentimientos, el sentir profundo y arrebatado. Por supuesto, el amor llamado romántico juega acá un papel fundamental. El amor que se siente profundamente, que es como una tormenta sobre la pradera, que de pronto se vuelve imposible, que te hace sufrir; ese es el amor que importa, el amor que vale la pena para el romántico.

El film Goethe! (2010) del director alemán Philipp Stölzl representa esta lucha entre la razón y el sentimiento a través de la historia juvenil de uno de los autores más importantes de Alemania (para muchos el más importante), quien influyó con su personalidad y su obra a instaurar el romanticismo alemán y europeo, nada más y nada menos que Johann Wolfgang von Goethe, interpretado con maestría por Alexander Fehling (Inglourious Basterds), quien le aporta al personaje la pasión temprana que se requiere para nadar entre las dos aguas de la razón y el sentimiento arrebatado, que es lo que busca en todo caso representar el cineasta.

Stölzl, muy hábil y sutilmente, propone imágenes, lugares, símbolos de ambos mundos. Por los predios de la razón, campean los deberes, el trabajo encerrado y mecánico, la institución académica, el compromiso amoroso surgido del dinero como forma de dominio, representando este dominio, este poder, por la sociedad en general y por el personaje Albert Kestner (Moritz Bleibtreu, protagonista del inolvidable Das Experiment), antagonista del héroe, jefe adinerado y dueño del compromiso matrimonial de Lotte Buff (Miriam Stein), muchacha de quien se enamora el joven Johann. Los desvaríos libertarios del futuro gran poeta, su rechazo al trabajo, su rebeldía innata, y por supuesto el amor desmedido e imposible son la contraparte que se enfrenta al mundo de la razón que he señalado. Esa lucha, esa tensión entre ambos polos contribuye a formarnos una idea del hombre que sería un símbolo de nación en el futuro, un hombre que, gracias al director, se nos muestra más humano, perdido en sus ansias y en sus búsquedas, más cercano.

Una cinta de época muy bien recreada, actuaciones magníficas, amores apasionados y poderes de la razón que intentan aplastar el sentimiento. Fresca y al mismo tiempo dramática y profunda, Goethe! se acerca con magistral sintonía a uno de los grandes poetas de Alemania y el mundo, lo cual se convierte, sin duda, en su gran logro.

Goethe!, este domingo 19 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Bróder, el futuro Vs. el destino

por max 16. febrero 2012 08:30

 

Ya lo sabemos, no todos los destinos son iguales. Tres hombres, tres amigos que nacen en un mismo lugar, que crecen juntos, que disfrutan la niñez juntos, y en el caso de los personajes del film Bróder (2010), dirigidio por Jeferson De, que padecen la pobreza juntos, pueden tener distintas posibilidades de futuro, a pesar de compartir los mismos orígenes: en este caso, un zona de miseria en Sao Paolo, Brasil. Reunirse ya en la adultez a celebrar, es una manera de comparar vidas. Eso es lo que hacen Macu (Caio Blat), Jaiminho (Jonathan Haagensen) y Pibe (Silvio Guindane) el día del cumpleaños de Macu: se reúnen, desde la constatación de sus presentes, a rememorar el pasado. En esa remembranza hay mucho de belleza, de ternura, de poesía. No obstante, la realidad está allá afuera: Macu sigue viviendo en el mismo sitio, sin mayor esperanza de salir de allí, y Pibe se fue de la zona y se casó con la ex novia de Macu, pero no tiene mayores expectativas de progreso. Jaiminho, en cambio, juega futbol en España, y tiene un gran futuro. Tener futuro no es lo mismo que tener destino. Eso la sabe Macu, que tiene un destino oscuro, porque debe dinero, mucho dinero a una pandilla de delincuentes. Por supuesto, al destino de los pobres la oscuridad lo rodea, y quien tiene futuro es muchas veces la víctima de estas oscuridades del pasado. Alguien con futuro salido de la miseria, puede que también tenga un mal destino. El pasado te hace el destino, puede matar tu futuro. Y eso es lo que ocurre en este drama de Jeferson De. La relación con el pasado, la intolerancia del presente, la miseria como destino en contra de las ganas de futuro, el horror de unas vidas sumidas en la pobreza, todo se junta para crear el conflicto mayor, el secuestro y la posible muerte de Jaiminho por causa de las deudas de Macu. Pero más allá de las responsabilidades de Macu, uno entiende que Jaiminho, en su condición de buen hombre, de muchacho todavía inocente, se ha buscado su mal destino. Uno entiende que quizás él haya tenido la culpa, por seguir allí, simplemente, fiel a sus orígenes. O quizás tenga la culpa porque pretendió sobresalir y triunfar, habiendo venido de donde vino. El futuro reta al destino, y el destino, cargado de envidias y complejos, siempre se encarga de jugarle sucio. Macu, como Jaiminho, no es más que una víctima del caos en el que vive, de la desesperación y el mal que reinan en el mundo. La preguntas entonces son, ¿cuánto de lo bueno sobrevive?, ¿cuánto de lo bueno puede triunfar en el mundo?, ¿cuánto futuro puede sobrevivirle al destino?

Bróder, este sábado 18 de febrero. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Vals con Bashir, en el ciclo Oscar fin fronteras

por max 14. febrero 2012 10:32

 

En 1982, las Fuerzas de Defensa de Israel invadieron el sur del Líbano. Su objetivo: expulsar terroristas de la OLP atrincherados en ese país. Ya desde los años setenta, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se había aliado a facciones musulmanas del Líbano, específicamente al Movimiento nacional libanés, con el fin de defender a sus hermanos musulmanes contra los cristianos de dicho país. Cuando Israel entra en Líbano en 1982, lo hace, como ya se dijo, con la excusa de que en este país se escondían guerrilleros o terroristas de la OLP. La incursión comenzó el 22 de junio, un par de semanas antes, el 3 de junio, el embajador de Israel en el Reino Unido, Shlomo Argov, había recibido un atentado por parte de tres presuntos miembros de la OLP. El atentado contra Argov fue el detonante para la invasión y para el infierno que toda guerra desata.

Vals con Bashir (2008) de Ari Folman, es un film que va tras la búsqueda de esa memoria, de ese horror. Instaurado en un bloqueo mental, el director se asume como personaje de este film animado y se sumerge, a manera de documental surrealista, en los recuerdos de varios soldados (los hombres verdaderos se interpretan a sí mismos en la cinta) que participaron en esa guerra, y cuya cumbre del horror fue las matanzas en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, donde ocurrieron violaciones, torturas, amputaciones y asesinatos, principalmente a niños, mujeres y ancianos, bajo la excusa de la captura de los mentados terroristas palestinos. La noche que comenzó la masacre (que duró 48 horas), los falangistas cristianos de Líbano entraron al campo mientras el ejército Israelí vigilaba el perímetro y alumbraba con infinitas luces de bengala el cielo bajo los campamentos.

Folman testifica con este film que la guerra no es un lugar romántico para heroísmos ni para forjar grandes hombres. La guerra deja heridas y vacíos en las almas y es un lugar surrealista y pesadillesco. De allí que el cineasta haya adoptado un estilo de animación digital donde predomina lo oscuro y lo melancólico. Los dibujos, aunque sorprendentemente realistas, no fueron rotoscopiados; es decir, no se dibujó encima de un actor o de un persona previamente filmada; los trazos íntegros fueron hechos a mano, la mayoría por David Polonsky, en muchas ocasiones de manera intencionada con la mano menos habilidosa (en el caso de Polonsky, la izquierda) para darle al film ese estilo nada glamoroso que busca fundirse con la temática. Para algunas escenas, sin embargo, se utilizó la animación 3D, sobre todo para los paisajes. Así, Folman se adentra en su memoria y en la de los otros, se adentra en el pasado y en un universo que, según él, sólo puede ser visto como un mundo de sueños de pesadilla, donde tu casa, tranquila y serena, apenas está a unos escasos kilómetros del campo de batalla. El director no sólo demuestra el surrealismo horroroso de la guerra, sino también la esfera del absurdo, donde el ego, la masculinidad mal entendida, los intereses de unos cuanto y los falsos romanticismos yacen en el fondo de las razones más sombrías.

Vals con Bashir fue nominado al Oscar a Mejor película extranjera en 2009. Disfrútala este jueves 16 de febrero, dentro del ciclo Oscar sin fronteras. Reinventa, reimagina… Descubre Max.

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Especial de hombres beta

por max 10. febrero 2012 06:47

 

Los hombres beta llegaron ya, y llegaron bailando el cha cha chá, o quizás no, porque a lo mejor los hombres beta no bailan, o sólo bailan música romántica. Llegaron los hombre beta, sí, llegaron para destronar a los metrosexuales, tan sospechosos ellos. Los hombres beta más que aspecto son sensibilidad. Bien parecidos, o no, pero no absolutamente galanes, no absolutamente bien vestidos. Los hombres beta, dicen, no le temen a su lado femenino, pero son hombres, ojo, hombres que encantan a las mujeres. Son inteligentes, y no les interesa ser líderes, destacar como machos alfa. Están bien donde están, pero aún así son exitosos, porque aman lo que hacen. Dejan, sin mayor problema, que delante de ellos esté una gran mujer. Es decir, detrás de toda gran mujer, ahora hay un gran hombre beta, un buen padre, un excelente amante, alguien tranquilo, sin borracheras y sin amores extremos por el deporte, alguien espiritual sin fanatismos religiosos.

Ya hartas de tanto hombre gritón, bigotón, que va a la guerra y a cazar, ya hartas de tanto vikingo viendo deportes, ya hartas también de aquel que quiere ser más bello que ellas, que hasta sospechoso resulta con tanto cuidado facial y de vestimenta, la mujer de hoy ha vuelto la vista al hombre beta. Ella es trabajadora, ejecutiva, ella tiene claras sus metas y sus libertades; ya nadie la va estar pisoteando, ni tampoco compitiéndola en el campo femenino. Así que el hombre beta resulta algo así como el hombre perfecto, el andrógino verdadero, el hombre de los nuevos tiempos, el excelente compañero para la mujer de hoy. Bienvenido el hombre beta, si es verdad que existe. Y si no existe en la realidad, por lo menos está en el cine, y Max lo muestra este lunes, en un especial de tres películas que te hará disfrutar y donde podrás identificar si el hombre que tienes a tu lado… es un hombre beta.

 

 

Comenzamos con Love Comes Lately (2007). Esta comedia dramática del germano Jan Schütte, está basada en varios cuentos tardíos del premio nobel de literatura Isaac Bashevis Singer. Max Kohn (Otto Tausig), un escritor solitario, que gusta de su soledad, que sabe que la soledad no es un tormento, un hombre sensible, un héroe de la palabra ya de 80 años, todavía vive enamorado del amor, de la idea del amor, y todavía tiene fuerzas para amar o por lo menos, para soñar, para imaginar que ama. Un film delicado, sobrio, encantador que nos presenta a este hombre beta, ya con sus años encima, y todavía, según las groupies que le rodean, encantador.


 

Seguimos con Hombre de mentes (2009). Ewan McGregor, quien ya de por sí tiene pinta de hombre beta, es un periodista de talento, sensible, amante de su profesión y de su esposa, quien sin embargo, ha sido dejado por ella. Bob (así se llama el personaje de McGregor), siente que su (ex)mujer no lo respeta, que ella piensa que él no es un hombre; y así se va a Irak (estamos en 2009), en plena guerra, a demostrarle a ella que sí es un tipo con los pantalones bien puestos. Allí conocerá a Lyn Cassady (George Clooney), quien le revelará que formó parte de un batallón especial de Guerreros Jedi, espías síquicos del llamado Ejército de la Nueva Tierra, una unidad especial, y por supuesto secreta de las fuerzas armadas norteamericanas. Se trata de una comedia inteligente, satírica, desconcertante, muy al estilo de lo que harían los hermanos Coen, Michel Gondry, Spike Jonze o Charlie Kauffman.

 

 

Y hablando de Spike Jonze y Charlie Kauffman, cerramos con Ladrón de orquídeas (2002), la historia de un guionista, Charlie Kauffman, interpretado por Nicolas Cage, quien se encuentra en un momento crítico de su carrera creativa. Bloqueado, confundido, aún así debe realizar un guión sobre un libro de no ficción de Susa Orlean, personaje interpretado por Meryl Streep. El libro trata sobre orquídeas, y sobre un ladrón de orquídeas. Y sí bien Cage se presenta como un posible hombre beta, prestigioso, pero sensible y, para este momento de la historia, bastante perdido en su arte, para mí el verdadero hombre beta resulta este ladrón de orquídeas del libro de Susan Orlean, un tal John Laroche, interpretado por Chris Cooper. Laroche, rústico, sin dientes, desaseado, termina siendo un hombre de buenos sentimientos, interesante, casi un poeta, de quien Susan termina prendándose, y no digo más. Por cierto, Chris Cooper recibió el Oscar a Mejor Actor de Reparto por este film. Ladrón de orquídeas, de Spike Jonze con guión de Charlie Kauffman, es uno de esos filmes raros, particulares, inteligentes, que deben pasar a formar parte de la historia de las películas que siempre recordarás y admirarás. Con hombres beta incluidos.

Especial de hombres beta, este lunes 13 de febrero.

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O Estranho Caso de Angélica, o la fotografía, el amor, el arte y la muerte

por max 10. febrero 2012 06:32

 

Una novia cadáver, una muchacha delicada, enferma de algún mal del siglo XIX, así como la María de Jorge Isaacs. Apenas se casa, muere, y su familia adinerada decide entonces contratar un fotógrafo para que le tome fotos. Fotos a la muerta. Esto, cabe decir, no era extraño en el siglo XIX. La fotografía empezaba a popularizarse, pero no tanto como para que hubiera una cámara en cada casa. En aquel entonces, el proceso de fotografiar era lento, elaborado, y requería de la intervención de un profesional. Así que se pueden imaginar: un ser querido muere (la mayoría de estas fotos son de niños pequeños), y de pronto la familia se encuentra con que no tiene una imagen para recordar, una imagen que no borre por completo la presencia del difunto en el mundo. Así de importante es la imagen, así de pasajero el recuerdo. Para paliar la presente ausencia de la voz, del cuerpo que se mueve y del brillo en los ojos —y luego la ausencia absoluta—, la familia contrata a un fotógrafo para que le tome fotos al muerto. Lo visten, lo acomodan, los escenifican. La muerte requiere una escena para que parezca vida. La realidad de la muerte se simula con una representación de vida. Para decirlo con términos de Wittgenstein, se intenta darle a la muerte la forma de un hecho. La vida es una representación de hechos.

En el film O Estranho Caso de Angélica (2010), el veterano Manoel de Oliveira nos presenta a un joven y excéntrico fotógrafo de origen judío que acude a una casa de pudientes católicos en un lejano poblado, precisamente, para ejercer este oficio. Al llegar, se encuentra con una difunta en extremo hermosa. Mientras le toma las fotos, ella abre los ojos en algún momento —o ese parece— y le sonríe, enamorada. Edgar Allan Poe se nos vuelve acá una referencia obligada. «Ligeia» y «Berenice» son dos relatos que dan cuenta de ese «amor más allá de la muerte» que deja atormentado a quien se ha quedado a solas en medio del universo, o eso por lo menos creemos, que ha quedado solo. En el caso de Poe, aquella que está muerta en realidad no lo estaba por completo, o aquella que está muerta se transforma (Ligeia) en la viva (Rowena) para morir también en la mujer que está viva. Rowena, por cierto, rubia y de ojos azules, nos recuerda a la bella Angélica. ¿Será que las rubias delicadas y enfermas siempre estarán más enfermas y son más dignas de conmiseración que las morenas? Quizás esta rubia delicada y etérea recuerde a la iconografía de sobra ya vendida de un ángel terrenal, y acaso duele más que muera un ser que nos recuerda un ángel (Ángelica) que una simple morena. Ligeia, que era morena, vuelve a la vida y se lleva a Rowena, la delicada rubia. Al final, Ligeia termina siendo un ser infernal. Así que la rubia se lleva los honores de la pureza, de la inocencia, de la vida suprema cortada antes de tiempo, como le sucede a Angélica en el film que nos ocupa. El cineasta portugués, en todo caso, no sigue una línea tan oscura como la de Poe. Sí sume a su fotógrafo en la locura, pero en todo caso, ésta se nos antoja, en su poesía, más luminosa. Allí tenemos al fotógrafo judío enamorado de una muerta que fue católica. Como si el cineasta nos dijera que, sin importar la religión del o los enamorados, el amor va más allá de la muerte, o que quizás la locura va más allá de la muerte; la locura no conoce religiones, como el amor.

Para Susan Sontag en Sobre la fotografía, uno de las características principales de la fotografía es la belleza, la representación del mundo. El muerto de las fotos del siglo XIX que es mostrado «vivo» para sus parientes, está representado, montado sobre un escenario; en ocasiones, se le muestra como dormido, pero aun así, está vivo. Es como si el arte tuviera la virtud de volver a la vida lo que está muerto, como si, paradójicamente, el arte agrediera a la muerte, como si fuese agresivo con la muerte en su búsqueda de arrancar de ésta una forma de vida. La fotografía del memento mori inmortaliza la muerte, el cuerpo que desaparecerá, le arranca a la muerte una de sus funciones principales: el olvido. Y olvido precisamente es lo que busca evitar el arte, olvido es lo que busca evitar el amor. El amor pretende ser eterno, así como el arte. Si pensamos en Platón, tenemos la idea completa: el alma del hombre, convertida en la tierra en cuerpo, recuerda, sospecha, intuye en alguna parte lejana e íntima de aquel hombre, el mundo del que viene, el mundo de las ideas, donde alguna vez fue perfecta. Así, plantada en esa sombra de las ideas que es la materia, el alma busca alcanzar este otro mundo a través de lo que Platón llama el amor. El amor por las cosas bellas nos acerca al lugar originario del alma. Siguiendo con la paradojas, Susan Santog dice que toda fotografía es memento mori. «Hacer fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa.» Y también dice: «La fotografía es una suerte de énfasis, una copulación heroica con el mundo material.» Pero De Oliveira parece preguntarse: ¿Qué pasa cuando ya la cosa ha sido vulnerada, qué pasa cuando la cosa fotografiada ya ha muerto? ¿Qué pasa, precisamente, cuando lo fotografiado ya es el memento mori? Pareciera responderse entonces desde lo metafísico. No es lo material lo que registramos, es lo inmaterial, el más allá, la belleza que oculta el misterio de la muerte. El arte y el amor redimen la belleza, destierran el olvido, dan vida. De allí quizás que Angélica, ese ser angelical que en la tierra parecía ser una «idea» platónica bajada a la tierra —un ángel para los judíos y cristianos—, vuelve a la vida a través del arte de la fotografía y a través, claro está, del amor. Isaac, al contrario de lo que dice Sontag, no está libre de responsabilidad al fotografiar la muerte. Él la ha agredido y debe pagar. Recordemos al suicidio, por ejemplo de Diane Arbus (hebrea), que al final no pudo con el horror de los seres particulares que fotografiaba. Isaac, al fotografiar la belleza muerta, al revivir la belleza muerta, se enamora, y la muerte, a su vez se enamora de él. La invasión de los hombres a ese otro mundo, allí donde el alma sabe de inmortalidades, es un atrevimiento. Asomarse al otro lado, a lo que está más allá (más allá) del ángel muerto, conlleva a la desestabilización, a la locura. Susan Sontag dice que «la fotografía es el inventario de la mortalidad.» En el caso del film de Manoel de Oliveira parece ser lo contrario: la fotografía se vuelve un inventario de lo inmortal, del amor, del arte y de la belleza.

O Estranho Caso de Angélica, este domingo 12 de febrero.

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The Hunger, mujer, estética y erotismo en las historias de vampiros

por max 7. febrero 2012 18:25

 

El vampiro mujer tiene raíces profundas, quizás mucho más que el vampiro hombre. Si leemos la introducción al libro Vampiros, del conde Jacobo Siruela, encontramos que desde la antigüedad hay referencias de seres femeninos y demoníacos que se alimentaban de sangre. Siruela nombra a Lilith, demonio de la cábala hebrea, quien fue la primera mujer creada por Dios, del barro mismo, como Adán, y antes que Eva. Pero Lilith, al saberse creada de la misma materia que Adán, reclamó sus derechos. Se negó a servirle al hombre, se negó a estar bajo de él durante el coito, invocó el nombre de Dios, voló lejos del Paraíso, y así fue condenada a vivir para siempre como un demonio. Lilith, aun en la condena, conserva una figura femenina hermosa, engaña a los hombres, roba su semen para hacer nuevos demonios femeninos, y también se alimenta de la sangre de los niños. El genio árabe djinn, gul, o algola, también se alimenta de infantes. Entre los griegos se hablaba de la empusa, una emanación de Hécate, que tomaba forma de mujer atractiva y engañaba a los hombres. Filóstrato, en Vida de Apolonio de Tiana, cuenta la historia de Menipo, joven engañado por una empusa. Menipo, hasta la noche de bodas, creyó amar a una maravillosa extranjera. A no ser por la intervención de Apolonio, Menipo hubiera yacido en el lecho de la empusa, y ésta le hubiera chupado la sangre. En la antigüedad romana, tenemos a la lamia, estrechamente relacionada con la empusa. Vampiros femeninos, a ratos horrendos, a ratos hermosos, fascinan como fascina el placer, como fascina el sexo, como fascina la muerte. A diferencia del vampiro masculino, que en sus inicios es francamente animal y que luego, con Polidori y Stoker, se va poblando de cierta elegancia, nobleza y atractivo humano, el vampiro femenino, desde el principio, hechiza con esos poderes que la hacen lucir seductora físicamente. Así lo vemos, por ejemplo, en aquel cuento de Johann Ludwig Tieck «No despertéis a los muertos», de 1800, en el que Walter resucita a Brunhilda, su difunta esposa, una bellísima mujer a la cual se describe de la siguiente manera:

 

«Su cabellera oscura como el rostro negro de la noche, derramada sobre sus hombros, realzaba sobremanera el esplendor de su esbelta figura y el rico color de sus mejillas, cuyos matices eran como el cielo encendido y brillante del poniente. No semejaban sus ojos a esos orbes cuyo pálido brillo adorna la bóveda de la noche y cuya distancia inmensurable nos llena el alma de profundos pensamientos de eternidad, sino más bien a los sobrios rayos que alegran este mundo sublunar y que, a la vez iluminan, inflaman de alegría y de amor a los hijos de la tierra.»

 

En 1872, Joseph Sheridan Le Fanu publica «Carmilla», relato más conocido que el de Tieck, y allí también vemos la figura del vampiro representada en una hermosa muchacha, llena de fuego sexual y tierna al mismo tiempo. Carmilla es descrita en ocasiones como una muchacha esbelta. Su rostro es agraciado, «incluso hermoso». Con su belleza, Carmilla seduce a Laura, la protagonista del relato. El tema lésbico aparece acá marcado con fuerza inusitada. Así cuenta Laura:

 

«A veces, tras un período de indiferencia, mi extraña y bella compañera me cogía la mano y la retenía apretándomela cariñosamente una y otra vez, y finalmente se ruborizaba levemente, mirándome al rostro con ojos lánguidos y ardientes, y tan jadeante que su vestido subía y bajaba a causa de la tumultuosa respiración. Era como el ardor de un enamorado; me turbaba; era algo odioso y, no obstante, irresistible. Luego me atraía hacia ella, recreándose en la mirada, y sus cálidos labios me recorrían las mejillas a besos, mientras me susurraba, casi sollozando:

—Eres mía, serás mía; tú y yo tenemos que ser una sola persona, y para siempre.»

 

En el Drácula de Stoker, Jonathan Harker experimenta una orgía de terribles mujeres vampiros. En su cama, frente a él, a la luz de la luna llena, tuvo a tres mujeres jóvenes. «Dos de ellas eran morenas, de nariz larga y aquilina, como el conde, ojos oscuros y penetrantes que parecían casi rojos por contraste con la pálida luna amarilla. La otra era bella, muy bella, con una espesa cabellera ondulada de pelo dorado y ojos como zafiros pálidos.» Ellas se mantienen allí, frente a él, cuchicheando y, antes de lanzarse definitivamente sobre su cuello, sueltan unas risas argentinas, musicales. «Era como la dulzura intolerable y estremecedora de unas copas de cristal en las que jugueteara una mano hábil.» Dulzura e intolerable, dos palabras que se unen para expresar lo que es la mujer vampiro: belleza y espanto, placer y muerte.

Tony Scott, hermano de Ridley Scott, entregó su primer film comercial, su primera pieza profesional para la gran pantalla en el año 1983. Se trata de un film de vampiros, The Hunger, una pieza muy estilizada, muy «publicitaria» en su aspecto (Scott venía de trabajar en comerciales de televisión), que gira en torno a una mujer vampiro en la Nueva York de los ochenta. Esta mujer vampiro, Miriam Blaylock, interpretada por Catherine Deneuve tiene más de dos mil años, una lujosa mansión en Manhattan y un novio de nombre John a quien convirtió en vampiro en el siglo XVIII, nada más y nada menos que David Bowie. Miriam, por supuesto, es hermosa, seductora, elegante, digna heredera de aquellos primeros vampiros femeninos que todo lo dominan con su poder de ultratumba. John, por su parte, comienza a envejecer. Los poderes de Miriam no son absolutos. Sus amantes no pueden morir, ella los ha convertido en vampiros, en amantes de siglos, pero hay un problema: su belleza no es eterna; en cierto momento comienzan a envejecer aceleradamente, sin poder morir, como ya se dijo. Cabe destacar que este proceso del envejecimiento vampírico, lo desarrolla Ane Rice en Entrevista con el vampiro, novela publicada en 1976. Allí, hacia el final del libro, vemos al vampiro Lestat envejecido, encerrado en su casa, incapaz de comprender los nuevos tiempos, demente, perdido pero inmortal. De hecho, se dice que originalmente Tony Scott quería hacer la versión cinematográfica de la novela de Rice. Como ya se ve, no pudo, al contrario que Neil Jordan, que en 1994 pudo estrenarla, con Tom Cruise, Brad Pitt, Antonio Banderas y Kristen Dunst en los roles protagónicos.

Scott, sin amilanarse por el impedimento, concibió The Hunger, un trabajo que sin duda paga tributo a Anne Rice, y por supuesto, a toda la tradición vampírica. Pero de Rice toma en específico el tema del envejecimiento, aunque con particular variante. En Lestat, como ya se dijo, es un tema más metafísico, dado por la incapacidad de entender los tiempos que el vampiro vive, mientras que en John se trata más bien de algo así como de una inyección a la que se le va pasando el efecto. Así, tras la búsqueda de una posible solución para este envejecimiento, los vampiros dan con la doctora Sarah Roberts, interpretada por Susan Sarandon. En el proceso, Miriam empieza a sentirse atraída por Sarah, y tal atracción se traduce en un ritual de seducciones y artilugios que termina en una de las escenas lésbicas más famosas del cine norteamericano (o quizás haya que decir, de vampiros) entre Susan Sarandon y Catherine Deneuve.

The Hunger, como se ve, tiene un valor de peso dentro de lo que es la genealogía del mito vampírico en el cine. Por un lado, toma toda aquella sofisticación, elegancia y belleza que la imagen del vampiro acumuló durante años y los pone allí presente, en plenos ochenta, época decadente, sofisticada y nihilista. Por otro, a esa estética preciosista, se une, con obviedad casi genial, la rama femenina del vampirismo, representada por Catherine Deneuve, vampiresa bella, fina, fascinante y al mismo tiempo despiadada. Y finalmente, el erotismo de la tradición estalla acá en la figura de aquellas dos mujeres magníficas amándose entre telas. Sin duda, Tony Scott hizo un excelente primer trabajo. Que después hizo Top Gun (1986), Beverly Hills Cop II (1987) y Days of Thunder (1990), pues bien, allá él. Eso sí, se le agradece haber hecho True Romance (1993) con guión de Tarantino. Lo cierto es que The Hunger es uno de esos filmes raros, que en un primer momento incluso pasan por debajo de la mesa, pero que con los años se van convirtiendo en obras de culto, a pesar de sus mismos directores.

The Hunger, de Tony Scott, este viernes 10 de febrero.

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